En memoria de Javier Larrabaster

La madrugada del 2 de Marzo, hace dos semanas, murió mi tio, mi segundo padre, Javier Larrabaster, y yo me quedé huérfano.

No era un político, ni un gobernante, ni un arquitecto o un músico famoso, pero era mucho más que todos ellos, un hombre bueno, un tipo que siempre sonreía y la persona con más apetito por la vida que haya conocido, siempre con ganas de conversar, de enseñar y sobre todo de aprender.

Nació en Busturia, mirando a Urdaibai y  fue universal:  pastoreó ovejas en Idaho como muchos otros vascos de su generación con ganas de ver mundo y pescó atunes en el caribe, y cada país que visitó dejó algo en él, en su forma de andar, de sentarse, cocinar, y de entender la vida de una forma abierta y libre.

Le emocionaban las cosas sencillas, el campeonato de segalaris de su pueblo, cazar en extremadura y jugar al mus en Madrid. Nadie le vio dar un grito ni decir una palabra más alta que otra, le bastaba sonreir para que todos comprendieran quien era.

Hoy cumplo una promesa que me hice a mi mismo el día que murió, y que no he podido cumplir hasta ahora: Que su nombre, como el de otros miles de hombre buenos que hay en nuestro país, esos que no salen en los medios pero son los imprescindibles, no cayera en el olvido.

Agur osaba, siempre te voy a echar de menos.

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